lunes, 6 de febrero de 2012

Si voy a morir, que sea de ti.


Muramos un poco y juntos. Muramos despacio y suavemente. Muramos tan intenso y tan salvaje, que el final llegue de pronto y muy profundo.

Muere conmigo, te digo, intentémoslo mientras nos sea posible. Hagamos de nosotros una hoguera que termine en una muerte predecible.

Muramos un segundo, dos segundos. Muramos muchas veces, una vez. Seamos los autores de nuestra muerte, para vivirnos después.

Muramos con pasión desbordada en cada botón desabrochado. Sequémonos las ganas con la lengua, hagámoslo posible con los labios, pintemos nuestros dientes en la piel, para morir tranquilos y saciados.

Cortémonos la piel con las caricias, dejémonos llevar por nuestros cuerpos, salpícame de vida con tu vida, y mátame otro poco con un beso.

Invítame a ahorcarte con mis piernas, ahógame el gemido con tu carne, permite que las ganas nos confundan, que de morir contigo tengo hambre.

Muramos juntos y de a poco, mañana viviremos como siempre, pero con la muerte sonriendo en nuestros labios.

domingo, 29 de enero de 2012

Despedida.


Me gusta irme, alejarme, perderme. No me gusta quedarme a esperar, porque siempre pienso que no llegará nada de lo que quiero.
Me gusta encerrarme en mí, porque ahí me siento segura. Nadie me daña ni hago daño a nadie.
Me gusta sentir que no siento nada, que los pasos se detienen justo aquí.
Cierro los ojos y ya no estoy. Me gusta desaparecer, hacer de cuenta que no estoy, aunque esté al pendiente de todo y de todos, me gusta ser yo la única que sabe que estoy.
Me gusta alejarme, y no ser quien se queda. No me gusta quedarme porque me duele más.

 Y luego el regreso, la continua búsqueda de lo que dejé ir por temor a quedarme, y de tanto alejarme no vuelvo jamás.
Intento acercarme, abrir los ojos. Tocar con mis dedos, lo que algún día fue, pero no te dejas, no puedo tocarte, porque ya me he ido y te lastimé.
Y luego siento todo, luego siento mucho y quiero decirlo, gritarlo, tal vez. Y lo digo mal, lo digo revuelto, de tanto que siento no puedo pensar. Y tú no me entiendes, y ya no me sientes, de tantos silencios te lastima mi voz.
Abro los ojos y estoy viendo todo, quiero estar presente pero no sé cómo, se me olvidó. Y no sabes que estoy porque ya no estaba, y no quieres estar donde estoy yo. Y ni yo me entiendo, ni tú me comprendes, nada es muy claro y quiero llorar.
Por estar tan lejos, por ser quien se va. Tú me sonríes con sonrisa triste, porque te quedaste y eso duele más.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Máquina de pendejadas.


Me descubriré.  Sé que mostraré mi lado flaco –como dicen- por este post. Pero qué más da. Quien me sigue en tuiter, puede jactarse de saberme desnuda.


De todas las veces que he sido una pendeja:

1-      La vez que intenté volver con mi ex, pensando que era de veras.

Sabemos que son historias que no sirven, que es la misma gata pero revolcada, darse atole con el dedo… pero lo hice, y me atrevo a decir que me pude haber ahorrado unos cuantos pesos.


2-      La vez que tuve sexo con un hombre ajeno.

Sí, fui la otra y lo disfruté. El problema con el sexo, es que a veces se me olvida que es solo eso, y ¡zaz! Me enamoré, pero él no. Esa interminable historia de amor/desamor de toda la vida. Entonces decidí solo tener sexo con una persona que me ame también (lo cual puede ser causa de otra pendejada).


3-      La vez que me fui cuando quería quedarme.

Va de la mano con muchas pendejadas más, pero bueno, ésta en particular me partió la madre ¿por qué? Porqué dejé muchos planes, mis sueños, mi vida, mi independencia… por un hombre, sí. Casi fue llevado de mi mano de una relación a otra y no lo soporté. Fui débil, o tonta. Ya me acordé: fui pendeja.


4-      La primera vez que anduve con un amor imposible (o con un hombre falto de huevos).

Otra vez por un hombre, sí. El protagonista de mi primer pendejada, es también protagonista de ésta cuarta pendejada. Yo quería, él quería. Lo intenté, lo intentó. Tuve más huevos yo y a él le quedaron cortos. La historia de mi vida, o tal vez la histeria de mi vida.


5-      La vez que después de la cuarta pendejada me deprimí demasiado.

Así, me sentía cucaracha. No me bañaba, no me arreglaba. No trabajaba ni estudiaba. Parecía un fantasma en mi casa. Lloraba y cantaba canciones de dolor. Mientras, él ya estaba con alguien más. Sí una pendejadota. Porque no me valoré nada en esos momentos, y sigo pagando ese precio.


6-      La vez que anduve-no anduve con una maravillosa persona.

¿Qué te puedo decir? Un amigo, confidente, compañía, un hombro, un abrazo. Era todo lo que necesitaba, pero el miedo, siempre el maldito miedo. Decidí que no era tiempo, que no nos podíamos ver tan seguido. Decidí inventar pretextos y nos cansamos de ser y no ser. Lo perdí y sé que lo lastimé aunque él diga lo contrario.

Todos hemos tenido estupideces en la vida, somos una máquina de hacer pendejadas, al menos yo sé que hago muchas, tal vez sea el don que Dios me dio para esta vida. ¿Me arrepiento? No. Solo hubiera cambiado algunas decisiones, no apresurarme a no estar sola, y no apresurarme a la soledad. Nos toca aprender a chingadazos (como dicen en mi pueblo), nos caemos, nos rompemos la nariz, no queda más que levantarnos, limpiar la sangre de la ropa y seguir caminando…



martes, 29 de noviembre de 2011

Las escondidillas.


¿Dónde está el amor?, mascullé entre dientes. De verdad quería encontrarlo, tenía esa necesidad intensa de tocarlo de nuevo, de sentir su aliento en mi cuello, de sentirme acompañada, de renacer.

Deshice la maleta, sabía que ahí lo había metido. Pasé de un lado a otro todas las cosas esperando verlo entre mi blusa favorita. Tal vez lo dejé en algún bolsillo del pantalón que traía el domingo…

Busqué en la mesita de noche, entre el libro que leía, pasé página por página. Busqué rápidamente entre las palabras, tal vez ahí lo dejé, pensaba, pero no. No estaba por ninguna parte.

Revisé entre el lápiz labial que le gustaba a mi ex, en el perfume que usaba mientras salíamos, en mi lencería más sexy. Nada. ¿Dónde lo dejé?

Tal vez lo olvidé en un vagón del metro mientras estuve viviendo en la ciudad. Tal vez lo dejé en el cine la última vez que lloré al ver una película. Tal vez entre las sonrisas que hubo entre una película boba. Tal vez se escondió de mí.

Husmeé entre mis zapatillas, los zapatos altos y rojos, entre los tenis, sandalias, botas. No estaba ahí. Abrí todos los cajones, encontré cartas, fotografías, letras, recibos y notas sin importancia, pero no lo vi.

Saqué del armario todas mis bolsas, aquella que papá me regaló porque sabe que me gusta el color verde, hurgué todos los bolsillos, espacios dentro de cada uno de los posibles escondites. No, no estaba ahí.

Por fin miré debajo de la cama, me hinqué, o más bien me recosté en el suelo intentando enfocar todos los detalles de ese perfecto escondite. Creí que lo había encontrado, pero era solo un calcetín perdido desde hace algún tiempo, al cual su compañero lo extrañaba. El amor tampoco estaba debajo de mi cama.

Abrí la computadora, puse en el buscador “amor” y encontré miles de palabras, definiciones, fotografías, pero no era nada igual a lo que yo conocía. Muchos amores se parecen entre sí, pero cada quien sabe cuál es el suyo. No, ahí no estaba mi amor.

-A veces es necesario salir de la burbuja para poder ver mejor- , me dijo una amiga. Le hice caso. Salí a pasear, miré la cara de las personas que se me atravesaban, sonreían, lloraban, hablaban quedo, gritaban. No lo encontré ahí.

Regresé a casa, traté de buscar otra vez. Nada.

Decidí irme a dormir, tal vez descansando un poco, con luz nueva, con otra oportunidad por delante, podría encontrar lo que buscaba. Pasaron los días, semanas, meses… dejé de buscar. Me rindo. Tal vez no debo buscarlo, tal vez el debe encontrarme a mí.

martes, 15 de noviembre de 2011

Tal vez.


Tal vez solo soy yo y tú no tienes nada que ver en esto.

Tal vez solo soy yo quien se empeña en que las cosas que han fracasado funcionen, quien no se detiene ante pequeñas trampas. Tal vez soy yo la que tiene culpa, la que decidió marcharse para que fueras feliz. Tal vez solo soy yo la que quiere verte, quien quiere comprobar al mirarte que nada cambió, pero ha cambiado.

Tal vez necedad de mi parte, intentos fallidos para guardar en la caja de fracasos. Tal vez son mis alas que no saben volar contigo, tal vez es mi voz que no sabe decirlo. Tal vez solo soy yo, y tú no tienes vela en éste entierro. Tal vez es algo tan mío, que quise que  fuera tuyo sin pensar las consecuencias. Tal vez solo soy yo que me voy quedando sola con tu ausencia. Tal vez soy yo la que no aprendió a olvidarte de veras. Soy yo la que debe cerrar para siempre esa puerta, la que debe tomar sus te quieros y guardarlos en la maleta, tal vez soy yo…

Quizás fui yo siempre quien inventó sonrisas, quien dijo que te quería aunque tú ya no quisieras, quien se empeño, quien buscaba algún indicio que nunca aparecía. Tal vez solo soy una ilusa que decide volar contra el viento, quien despliega sus alas solo para que sean ultrajadas. Tal vez solo soy yo, una patética historia que nunca tuvo principio, y hoy solo me empeño en que tenga un final. Tal vez solo soy yo y tú no tienes nada que ver en esto. 

lunes, 3 de octubre de 2011

Te quiero sin sal.

Caminábamos tomados de la mano, sonrientes, ignorando cuánto daño nos haríamos. En su piel mis labios encontraban alivio, en sus ojos mi tiempo tenía un porqué.
Mi corazón latía cuando sonreía, mi razón y mi locura llevaban su apellido.
Le quise tanto que no logré verlo sin mí, no supe ser fuerte para él, no supe ser lo que él necesitaba. Era yo la locura y el la cura para mi enfermedad.
Hicimos pactos hermosos con las puntas de los dedos, tejimos el tiempo con la piel y sudor, tuvimos secretos solo para ellos y una verdad para beber entre dos.
De pronto un día se nos salió de las manos, y aunque pudo ser, se pronuncia en pasado, se revuelve el pasado en dudas y en intentos rotos que no volverán.
Nos volvimos viejos buscando pretextos para no volver, nos volvimos ciegos buscando caminos para no seguirnos, nos hicimos daño buscando en otros labios un beso real, nos tendimos trampas de dónde no supimos escapar.
Nos perdimos en el otro porque no supimos dónde buscar, no escribimos más porque no quedan palabras. Perdimos la luz que cubrimos con sombras para aparentar, nos perdimos sueños que nunca existieron.
Me quedan reproches que no nos hicimos, y una petición: Te quiero sin sal.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Otra historia que comienza con un final.

- ¿Verdad que vas a volver?
- Eso espero.
Respiré profundamente, esperando evitar que una lágrima hiciera su aparición.
- Desearía que no te fueras, que te quedaras por siempre.
- Estaré de regreso, lo prometo.
Alcé la mirada para buscar su mirada intensa, una sonrisa, una palabra.
- Mientes bien.
Ahora solo quedaba la despedida. Unos pasos que se alejaban siempre, que se perdían entre las calles.
Resistir el impulso intenso que decir “Te quiero”, de parar el mundo para existir siempre aquí, con ella.
- Gracias por todo- Atiné a decir, cuando en realidad eran palabras más profundas las que paseaban por mis labios.
Otra historia que comienza con un final.

La mujer de esta historia lleva la profundidad de la vida en su mirada, lleva palabras hermosas entre los dedos, y sonrisas inmensas que acompañan unas mejillas sonrojadas.
La mujer de ésta historia se escribe en cada verso, se inventa con palabras y se olvida entre versos.
La mujer de ésta historia es de color verde profundo, y de un sabor amargo, pero hace sonreír. Ella es mujer, es el cielo en la tarde tan llena de colores, es el viento que despeina la noche, es la mañana en pijama y una taza de café.
La mujer de ésta historia no tiene nombre, tiene color, tiene latidos del corazón en la palma de la mano.
- Te quiero, @VerdeAmargo. – Le dije.
- @SoyUnaPutaMas – Contestó.

sábado, 27 de agosto de 2011

Letras sin intensión.


A veces escribir te viste, coloca letras para cubrir las apariencias, cubre heridas, verdades, mentiras o pasados. Escribir es una manera de emular una vida, hacer un circo donde no lo hay. 

Escribir a veces desnuda, provoca que salgan cosas que en la mayoría del tiempo están cubiertas, cosas que no deberían de mostrarse, ya sea por vergüenza, por constructos sociales, porque nos enseñaron a ocultarlas.

A veces se escribe para que las palabras no se lean por cualquiera, porque es algo íntimo y privado, porque algunos ojos no necesitan saberlo, porque está hecho para ti.

Personalmente prefiero desnudarme, colocar las letras con cuidado, sin maquillaje, a veces sin algún fin en particular.

Escribir puede hacer daño y puede provocar una sonrisa.

Escribir es un lenguaje hecho de dos, carece de intensiones que en expresión verbal se completa por ademanes, gestos, y entonación. Escribir se construye por las dos vías, una, la principal es de quien escribe, quien intenta decir algo, y tal vez ni sabe qué es... y el complemento llega cuando alguien lo lee e impregna esas letras de todo lo que la imaginación le permita.

(Lo anterior fue escrito sin intensión alguna, puede Usted colocarle la que guste).

martes, 9 de agosto de 2011

Mi cajita feliz.


Cuando tenía como dieciséis años alguien me mostró una caja, era una linda caja que guardaba maravillas. De vez en cuando la observaba esperando descubrir más cosas de ella.

Entre el tiempo y las prisas la caja se perdió de mi vista, oculta entre la distancia y miles de cajas más. Un buen día encontré esa caja en mi camino. La observaba incrédula de que esa caja hubiera resistido tantas horas y tanta distancia entre nosotros.  Siempre me pareció una caja enigmática, porque me era imposible abrirla, a veces, cuando ella quería se escapaba algo de luz entre sus bordes, pero nunca completa.

Me daba miedo no saber qué contenía, aunque de por sí era bella, no sabía que esperar de ella, era por ello que también yo me mantenía cerrada, y no dejaba que la caja viera más allá de lo que me hiciera sentir segura.

La caja se cansó de esperar que yo me abriera, y yo me cansé de esperar a que se abriera ella. Amé a esa caja aún sin saber qué contenía, pero no estaba segura de qué encontraría después. Me fui, dejé la caja donde la había encontrado. La caja se fue, la enviaron a otro lado. Y yo me pregunto siempre, ¿qué habría pasado si nos hubiéramos develado?

jueves, 21 de julio de 2011

Complicaciones.

Complicaciones.
- Hola.
-¡Hola!
Hace que me sonroje. Primera complicación.

-Te extraño cuando no estás.
-Yo también te extraño.
Necesita sentirme cerca. Segunda complicación.

-¿Estás bien?
-Sí, gracias ¿Y tú?
Parece que le importo. Tercera complicación.

Ahora quiero sentir su presencia, comienzo a extrañarle cuando se ausenta. Le pienso a cada momento. Imagino los contornos de sus labios, el aroma de su piel.

Imagino el brillo de sus ojos, si sus besos tendrán el mismo sabor que tienen sus letras cuando leo en  silencio.

Imagino si sus manos temblarán al verme, si las mejillas se sonrojarán al pensarme como le pienso yo.

Se complica mi existencia de una deliciosa manera. Siento la embriaguez de mi cuerpo en unas cuantas letras.

Suspiro.

Sé que la piel se eriza por unos ojos que no me han visto completa, por una piel que no he tocado, por unos labios que no han sentido mi calor.

Me volví complicada. Sonrío.

jueves, 23 de junio de 2011

Miedo.

Tengo miedo, miedo de que dejes de sujetar mi mano cuando caminamos a oscuras. 
Miedo de no saber a dónde ir cuando no te encuentre.
Miedo de que llegue la mañana y siga vacío tu lado de la cama.


Tengo miedo, miedo de mirar tus ojos y no encontrarte detrás de ellos.
Miedo de tenerte cerca pero estar lejos de ti.
Miedo de ti y de mí.

Tengo miedo, miedo de que la distancia nos separe más.
Miedo de que alguien más pueda darte lo que yo no puedo dar.
Miedo ir despacio, miedo de acelerar.

De repente tomas mí mano, siento el recorrer de tus labios, el sabor de tu voz, y tu mirada perdida, ahí, donde me encuentro yo... el miedo me mira a lo lejos, le sonrío y sigo caminando contigo.

martes, 7 de junio de 2011

Si quisiera amarte siempre, te amaría hoy.

Si quisiera verte desnudo, cerraría los ojos. Intentaría imaginar cada vez que te tuve en mis manos, cada vez que mis dedos buscaron refugio, cada vez que mis ansias encontraron un surco dónde germinar.

Si quisiera escuchar tu voz, guardaría silencio. Descifraría cada palabra dicha, cada silencio tuyo, colocaría las frases al derecho y al revés para acariciarlas todas, sentirlas mías como si salieran de mis labios.

Si quisiera que estuvieras aquí, te buscaría. Husmearía en cada espacio de mi casa, en cada borde de mi piel, en cada trozo de palabra buscando tu nombre, tu apellido, algo de ti. Te encontraría siempre donde mismo: en mí.

Si quisiera extrañarte, fabricaría mentiras. Pensaría que me haces falta, que me engañas, que eres ese hombre ajeno e imposible. Me retorcería de celos pensándote con otra, inventaría pretextos locos para tenerte aquí.

Si te quisiera de veras, escribiría sobre tus ojos verdes un “Te amo” suavecito.  Dibujaría sonrisas en mis labios con tan solo pensarte, fabricaría momentos contigo y momentos para que me hagas falta. Sería feliz aunque te tuviera lejos, e intentaría ser feliz estando sin ti.

Si quisiera escribirte un verso, lo escribiría con besos. Si quisiera amarte siempre, te amaría hoy.

domingo, 29 de mayo de 2011

Dicotomía.

Déjame que te odie un poco, odiar esa timidez con la que llegas a mi lado y amar esa locura que dejas cuando te vas.
Déjame que odie tus labios, esos provocan que me pierda en un beso, y amar todas las caricias que me provoca el silencio.
Déjame que odie tu piel, esa parte tan visible que toca el sol cada día, y amar las partes privadas que siento que son tan mías.
Déjame que odie las noches en que estás conmigo, cuando me asaltas entre las sombras, y amar los días tranquilos donde la ausencia te nombra.
Déjame odiar tus pasos, que te acercan a mí camino, y amar cuando te detienes en busca de algún destino.
Déjame odiarte de pronto, tan rápido y tan intenso, y amarte tan suavemente que quepa todo en un beso.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Eros.


Era una mujer atractiva, la primera mujer que me provocaba mirarle constantemente los pechos. Me provocaba desnudarla, mantenerme atenta al momento de que pudiera mostrar algo más. Me provocaba reacciones que no sabía que existían.

Yo tenía claro que me encantaban los hombres, pero ella hacía que se me mojaran los calzones con solo sonreírme.
Me miró con las mejillas encendidas. Era un suplicio no poderle hacer todo lo que mis más perversos pensamientos indicaban. Sonreí, de una manera estúpida pero con la mirada puesta en sus labios y las cejas arqueadas. Era la señal que ella estaba esperando.
Se acercó y me preguntó qué haría después de esa clase. –No tengo planes – dije, ella sonrió complacida.  - ¿No se te antoja un café frío? ¡Hace muchísimo calor! – dijo ella.
¿Para qué explicar cómo terminé aceptando una invitación a su casa?, ¿Para qué explicar que me mantuvo excitada todo el camino hasta que sus dedos pudieron sentirme completamente? Lo importante es que sucedió.
Abrió la puerta de su departamento apresuradamente, se notaba excitada porque las mejillas rosadas y el jadeo constante se mantuvieron presentes. Me invitó a sentarme en un sofá para dos plazas, mientras servía dos copas de vino tinto. Dio un sorbo grande y con el sabor del tinto entre sus labios, pasó la lengua por los míos. Comenzó a besarme suavemente, eran unos labios divinos, carnosos, cálidos y delicados. Su mano derecha sostenía una copa, la izquierda comenzaba a subirme la falda hasta que pudo llegar a algún lugar para tocar la humedad que se había esperado en provocar. Sonrió mientras me besaba, mientras su lengua recorría mi lengua, y sus dientes lastimaban mis labios.
Comencé a desabrochar su blusa, tenía unos pechos hermosos, rosados, redondos, divinos. Pasé lentamente los dedos, comenzando por el cuello, mientras ella introducía los dedos entre la humedad vaginal. Ya me estaba retorciendo antes de estar completamente desnudas.
Pasé mis labios por sus pechos, - Muérdeme – dijo. Obedecí. Busqué llegar hasta sus nalgas parcialmente desnudas, mis manos las apretaban y masajeaban de manera circular. Ella gemía tan deliciosa que me provocaba detener el tiempo, o al menos guardar el momento para cuando las ganas se apagan.
Cuando me di cuenta, su lengua exploraba mi sexo, sus labios succionaban mi clítoris, los gemidos aturdían mi cabeza, sentía que me iba a donde no hay sonido. Ella me miró con la cara húmeda del sudor y mis fluidos. Sonrió con una sonrisa traviesa.
Recorrí su piel de una manera tan nueva y tan vieja. Era mi primera mujer, pero ya me había acariciado a mí misma muchas otras veces. No hubo lugar que no quedara lejos de mis labios, no hubo espacio donde mi lengua no alcanzara a tocar. Hubo gemidos que llevaban mi nombre y apellido, hubo caricias que sonaban en sus labios.
Ella tenía experiencia, yo quería probar. Ella llevaba el ritmo, mientras yo intentaba seguirla. Al principio con pasos titubeantes, hasta lograr bailar intensa y cadenciosamente.
Los orgasmos esa tarde fueron los mejores de mi vida, hechos con dedos, labios, lenguas, bocas… la delicia de haberla conocido y retorcerme entre su deseo y mi fantasía.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Te amo.

¿Te dije que eres mi persona favorita de todo el mundo? Pues sí, lo eres. Me encantas todo tú, así todito. Sé que tienes defectos, sí, pero todos los defectos nos hacen maravillosos ¿no crees?
Es como el árbol, que tiene sus ramas chuecas, rugosas. Las hojas de esas ramas no son del mismo tamaño, ni del mismo color, ni de la misma forma, todas son perfectamente imperfectas.
Amo todas tus ramas, y cada una de sus hojas, amaré cada uno de tus frutos cuando los tengas, amaré tus hojas ocres cuando llegue el otoño, amaré tus hojas nevadas en el invierno. Te amaré tanto como te amo hoy.
Te amo.
La mujer esperó que aquel árbol respondiera, pero solo se escuchaba el rumor del viento entre sus hojas.
Sé que no sabes qué contestarme ante esta declaración de amor, pero debería darte vergüenza dejar a una dama hablando sola. He pasado muchas tardes bajo tu sombra, buscando que el sol no me moleste, encontrando consuelo entre tu tronco, recibiendo el breve sonido de tus hojas verdes.
El árbol permanecía en la misma posición. Solo se movían las hojas al compás del viento, y su sombra se hacía más grande.
Entonces no dirás nada, ¿sabes que hoy me marcho? Lo sabes si me has escuchado hablarte antes. Quisiera que me escucharas, que contestaras, que fueras real. Me voy pues, es hora de buscar un lugar para mí, aunque tú no estés ahí.
La mujer comenzó a caminar despacio como esperando que algo pasara, y pasó, pero ella no pudo notarlo. El viento repetía casi gritando: “Quédate”, la sombra del árbol intentaba abrazarla y detenerla en su frescura, las hojas se movían como palabras en los labios. Pero ella no pudo notarlo.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Tal vez mañana, tal vez.

-          ¿Entonces te vas?  - La mujer frente a Daniel parecía no mirarlo. Sorbía el  café sumergida en sus pensamientos.
No puedes irte aún, todavía quedan horas a este amor agonizante. Todavía le sobreviven besos y ganas de quedarme.
No puedes irte aún, me quedan muchas letras para formar tu nombre. Me quedan hojas en blanco para llenarlas de ti.
No puedes irte aún, tenemos más historia que escribir sobre piel. Me quedan tantas ganas para llenarte el deseo.
No puedes irte aún, ni siquiera te he dicho lo que mis labios necesitan. Hay muchas palabras para nombrar los silencios.
No puedes irte aún, tengo los dedos llenos de caricias y destinos. Hay por recorrer tantos caminos de piel en tu cuerpo.
No puedes irte aún, mis pasos necesitan un norte para andar a tu lado. Tengo un sur que no he explorado.
No puedes irte aún. El tiempo todavía nos espera, nos abriga con sus noches venideras.
No puedes irte aún. No puedes.
-  La cuenta, por favor – Dijo la mujer.  Daniel perdió la oportunidad de saber su nombre, tal vez mañana, tal vez.

jueves, 28 de abril de 2011

Asalto a mano armada.

Mi inspiración se fue contigo. Te la llevaste entre los labios, por eso me besabas tanto. Te la llevaste con tus manos mientras recorrías mi piel aquella noche. La tomaste entre los dedos hasta que pareciera tu piel.
Te llevaste mi inspiración. Anidó sobre tus ojos verdes cuando me buscabas entre sombras y me observabas entre la luz del sol. Se metió por tu cabello, bajo por el cuello y recorrió tu espalda. Te abrazó ardientemente hasta quedarse en ti.
Se fue mi inspiración entre un camino de piedras, la llevaste en tus pasos ocultándole siempre que la alejabas de mí. Le hablaste al despacio, sedujiste su cuerpo.  Develaste el encanto que la acercaba a mis dedos.
Se escapó mi inspiración. Después de años conmigo, de meses hechos de letras, de nombres sin apellido, de lugares, gente, cosas… me dejó la muy maldita.
Fui despojada una tarde de abril, un ladrón me engañó, me distrajo con palabras dulces al oído izquierdo. Me dijo que un día volvería. Le creí. Tal vez un día me la regrese y pueda volver a escribir.

miércoles, 20 de abril de 2011

El intento.

Su piel tenía un intenso olor a deseo. Era un olor que me provocaba sonreír. Sus ojos tenían sabor a aceituna con miel, sus labios eran intensos, delgados y con la curiosidad de un niño. Tenía un caminar dulce, de pasos seguros. Siempre erguido y fuerte, aunque se sintiera desvalido. Sonreía casi por inercia, parecía un hombre feliz. Con solo mirarlo a los ojos, me provocaba tocarlo y probar el sabor de sus labios.
La casualidad nos llevó a un mismo lugar. La casualidad provocó uno y más encuentros. Un día, simplemente no me pude resistir. Sus labios tocaron los míos con premura, pude sentir la humedad del nerviosismo en ese rápido choque de bocas. Me provocaba la necesidad de deshacerme en sus ganas. Casi no hubo palabras en el camino. El nerviosismo hablaba ya por sí mismo. Nunca necesitamos mucho qué decir cuando nuestras miradas se encontraban.
Los labios y lenguas sabían qué y cómo hacerlo, mientras nosotros intentábamos seguirles el juego. Con los ojos cerrados, se podían tocar los cielos despejados que abrazaban un sol incandescente, para después dar lugar a unas nubes cargadas de agua dulce. Se podía apreciar a lo lejos, en el horizonte, una imponente montaña que se iba asomando poco a poco, intentando bañarse de la ligera llovizna que comenzaba a caer.
No sabíamos cómo reaccionaba nuestra piel, pero el instinto nos llevaba de la mano. No teníamos palabras para entonces. La nuestra, era una conversación sin voz. Los labios buscaban un lugar para anidar. Los ojos encontraban complicidad en otros ojos. La piel inventaba el contacto, y provocaba una reacción precisa e intensa.
El deseo nació desde la primera bocanada de aire que respiró mi cuerpo, creció en un estómago agitado y bajaba hacia el pubis, que preparaba el terreno para navegar entre la humedad y la rigidez.
Todo lo que nos rodeaba guardaba silencio, solo existían sus ojos, su voz que no decía nada. Sus manos que recorrían algún camino sin final. Existían unos labios y un aliento que buscaba provocarme en el cuello. Desaparecí y era él. Él desapareció conmigo.
Pudimos llegar al destino varias veces esa noche, algunas me alcanzaba él en la puerta, otras llegábamos juntos. Nos refugiamos entre sueños en algún momento del trayecto, arrullados sobre el movimiento del pecho. Para después despertar y volver a caminar sobre la piel con las líneas de las manos. Navegamos entre aguas y oleadas de rubor en las mejillas.
Nos habían hecho para embonar cada poro de nuestro cuerpo. La medida de sus labios, cabía perfectamente en los míos. Sus manos cubrían las mías, y provocaban tocarlo. Su nombre sonaba con nuevas letras en mis labios. Su sonrisa podía llenar totalmente mis ojos. Su cuerpo podía cubrirme cuando hacía frío o descubrirme en medio del calor.
Hay hombres que se sueñan siempre, y otros que se viven en cada momento. Para no perder el tiempo, lo mantuvimos arropado entre nuestros cuerpos.

domingo, 10 de abril de 2011

El tiempo me trajo un cumpleaños.

Nací de las manos callosas de mi padre, que comenzó desde pequeño a trabajar.
Nací del vientre hermoso de una mujer de piel canela, nací de tantas ganas de amar.
Nací un domingo cayendo la tarde, entre el calor y los colores naranjas de un día por terminar.
Nací entre prisas y un largo camino. Entre mi abuela y su mamá.
Nací mujer llena de preguntas, entre palabras y un cantar.
Nací mirando todo sin entenderlo, siempre buscando si hay algo más.
Nací llorando por mi llegada, por la alegría de despertar.
Crecí un poco con las distancias, en la casa de mi abuela y siempre con ganas de viajar.
Crecí con ganas de hacer camino, siempre busqué caminar.
Crecí despacio y a veces de prisa, jugando siempre con mi mamá. Después mi hermano me dio la mano, y decidimos ir a jugar.
Crecí feliz, amando a mi padre, buscando palabras con mi mamá.
Crecí de pronto, arrebatada, entre amores suaves y breves, entre lágrimas y ganas de amar.
Tal vez mañana no tenga un camino para mis pasos, y no llegue a ningún lugar.
Tal vez mañana no exista el tiempo sobre mi reloj, y no tengamos horas más que contar.
Tal vez mañana mis sueños sean un recuerdo perdido, o algún olvido más.
Tal vez mañana no tenga un velo más que quitar.
Tal vez mañana mi mano no pueda tocarte y solo de intentos  comience a temblar.
Tal vez mañana no existan nubes como ballenas, ni tenga estrellas dentro del mar.
Tal vez mañana no tenga una voz con la que pueda decir tu nombre, no exista un nombre que mencionar.
Tal vez mañana las palabras no existan al abrir mis ojos, tal vez no pueda ni despertar.
Tal vez mañana olvide todo lo que he vivido, o se me olvide olvidar.
Tal vez mañana no tenga sentido el existir, no tenga nada más que decir.
Pero hoy no espero un nuevo día, hoy tengo todo al respirar.

martes, 5 de abril de 2011

Gracias por colorear mis días.

Alejandra era la abuela de la familia Morales, era una viejita que parecía niña, siempre buscaba la manera de divertirse con sus nietos, por lo que ellos la adoraban y buscaban pasar más tiempo con ella.
Guardaba en un baúl ropa de su juventud, máscaras, pelucas, maquillaje, zapatos y muchas cosas más que siempre servían para algo. Le encantaba disfrazarse, jugaba a ser otra, otro. Buscaba la manera de hacer felices a sus nietos y ella encontraba ahí su felicidad.
Su casa estaba llena de recámaras de colores, en las que sus nietos podían dormir cuando quisieran, ella misma había pintado y decorado cada una de las habitaciones de esa casa.
La recámara amarilla era la favorita de Sofía, tenía las paredes llenas de soles y margaritas pintadas. El cuarto azul lo compartían Luis y Toño, lleno de nubes y aviones. El cuarto verde que tenía hojas de diferentes tonos y tamaños, lo ocupaba Melissa. El cuarto rosa siempre lo elegían las gemelas Silvia y Raquel.
Había un cuarto rojo,  uno lila, uno naranja, otro café… cada uno de los nietos, tenía su habitación favorita.
Había una habitación misteriosa a la que nadie podía entrar, incluso el abuelo, dejaba que su esposa la pasara ahí sin interrupciones ni visitas inesperadas. El tiempo que la abuela pasaba en esa habitación, el abuelo lo pasaba en su taller trabajando con madera.
El momento en el que cada quién iba a sus ocupaciones, era cuando el sol comenzaba a meterse. Para despedirse de su viejita, el abuelo se acercaba a ella y le decía: “Gracias por colorear mis días, chula”. La abuela sonreía, cerraba los ojos y le besaba la frente.
Un día, aquella habitación de la abuela no estaba totalmente cerrada, y Sofía, que era muy curiosa, no se aguantó las ganas y decidió entrar.
El cuarto estaba oscuro, solamente se veían unos botes llenos de pintura, parecía que brillaban, parecía que jalaban las manos de Sofía para tocarlos. La niña respiró profundamente, acercó su mano hacia esos botes y eligió el de color amarillo, como su vestido y su cuarto favorito.
Mientras más acercaba la pintura a sus ojos, más brillaba el bote que la contenía. Parecía una pintura hecha de luz. Logró abrir el recipiente después de mucho esfuerzo, al momento de quitar la tapa, aquella habitación quedó iluminada como si estuviera llena de ventanas.
Sofía abrió los ojos y pasó su mirada por todas las cosas que había ahí. Notó entonces sobre una mesa grande una pintura de un paisaje, parecía que era un paisaje de las montañas que se alcanzan a ver detrás de la casa de la abuela, las montañas estaban rodeadas de colores naranjas, amarillos, color morado entre las nubes, gris, azul de diferentes tonos entre el color del cielo. Era un hermoso atardecer que parecía estar vivo.
Sofía no pudo evitar tocar el cuadro, sintió la brisa de la tarde, el sonido de los árboles al pasar el viento sobre sus hojas… Sofía sintió vergüenza por haber entrado ahí, por no dejar las cosas de la abuela en paz. Quitó el dedo rápidamente, dejó todo como lo había encontrado y salió corriendo de aquel cuarto.
Cuando llegó a la sala, los demás nietos estaban disfrazados de piratas, y se disponían a subir a un barco de cartón que habían estado fabricando.
El abuelo se acercó a la abuela de rizos blancos y le dijo con una sonrisa en los labios: “Gracias por colorear mis días, chula”. La abuela lo besó en la frente como cada tarde. Sofía sonrío y se iluminó como un sol, lo comprendió todo.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Viaje al centro (de mí).

A solas, a oscuras. Como queriendo quitar los velos de mis ojos ciegos. Como queriendo vislumbrar el camino que debo seguir.
Mis manos intentan palpar. Nada.
Abro más los ojos. Nada.
Intento caminar, temo caer en un precipicio. Pienso, tal vez estoy cayendo, sigo cayendo.
Abro los brazos a todo su largo. Nada.
Grito. Nada.
¿En dónde estoy?, pienso.
Comienzo a desesperarme. Se agita la respiración. Sudo.
Tal vez estoy soñando, digo entre dientes.
Intento caminar. No puedo moverme. No hay piso.
Floto.
Muevo todo mi cuerpo esperando reconocerlo, pero ya no estoy segura de que estoy, de que existo.
Tengo miedo.
No hace frío, no hace calor. No hay viento, humedad, sol.
Hay nada a mí alrededor.
No sé qué hacer.  Sí, estoy soñando. ¡Quiero despertar!
Intento moverme, para abrir los ojos, pero mis ojos están abiertos.
Cierro los ojos. Veo luz, un camino, el sol, las nubes, árboles, viento, pájaros, gente…
Dentro de mí es extraño, no logro reconocerlo. Decido intentarlo nuevamente. Abro los ojos hacia mi interior…

martes, 29 de marzo de 2011

Recuerdos con sabor a tiempo.

Siempre me gustó más de la cuenta. Era el tipo de hombre que podía hacerme dudar, hasta de mis recuerdos, palabras o pensamientos. Lo conocí casi al azar cuando yo aún era ingenua y quería encontrar magia en cualquier lugar.
Llegó a mi vida, se instaló y se volvió rápidamente una intensa necesidad de compartir.
Nos separaban kilómetros, pero siempre inventábamos una manera de acercarnos.
Me enamoré de su caminar por el mundo, tan libre, soñador, sensible, humano, culto e inteligente.
Físicamente era atractivo, guapo. (Aunque siempre dice que está feo y chaparro). ¿Su mejor rasgo? Una sonrisa encantadora y unos ojos divinos.
Ha sido al hombre que más le he escrito (Regalo de Cumpleaños,  Como Juan por su casa, Pretendiendo). No sé si me enamoré de él. Nunca supe si él se enamoró de mí.  Tuvimos una relación a distancia durante algunos meses, pero cuando estuvimos en la misma ciudad, si nos vimos una docena de veces en dos años, es mucho.
Siempre me sentía alterada cuando nos veíamos. Se acumulaban los sentimientos en meses de no vernos y él se asustaba. En ese y muchos aspectos, es más simple que yo.
Nunca nos pusimos un título, ni fuimos novios… alguna vez fuimos “novios de chocolate”, y otras “amigos-novios-amantes-algo más”, hoy nos queda claro que somos algo que no alcanzamos a entender. Compartimos más que lo que podemos compartir con otras personas.
Intentamos hacer el amor dos veces, siempre accidentados. Siempre dudosos.
Sabemos que estamos, aún y cuando no sepamos nada del otro. Llevamos de conocernos años, pero si juntáramos cuánto tiempo hemos estado de frente, tal vez ni siquiera tendríamos un mes.
Nos relacionamos más allá de una intención, de un fin o una etiqueta. Es un ser maravilloso, lleno de luz, que alcanzo a comprender un poco y él intenta lo mismo conmigo.
Es el único hombre que le puedo perdonar todo, solo por la locura que nos une. Puede confrontarme intensamente y puedo seguirlo queriendo igual.
Algún día hicimos planes juntos, pero siempre terminamos yéndonos, ya sea de ciudad o del camino.
Sé que está dando luz en otra parte, ha dado vida en otra vida. Aunque vuelva a donde lo había dejado, no estará. Espero que me visite en sueños, ahí es donde más lo encuentro.

lunes, 7 de marzo de 2011

No te pierdas.

Entra una mujer a la recámara, Claudia se encuentra profundamente dormida.
-Claudia, despierta.
La chica en la cama mueve un poco el pie derecho, pero no logra hacer nada más.
-¡Claudia, anda, es hora de levantarse!
Claudia intenta abrir los ojos, pero el sueño es pesado, no se lo permite. Intenta despegar su cuerpo de la cama, es inútil. Parece que hay una fuerza inmensa que no le permite levantarse.
-¡Por favor, Claudia, ya no duermas más!- Dice la mujer.
Claudia intenta articular palabra. Sabe que lleva días encerrada durmiendo. Sabe que no está bien, pero aunque se siente preocupada, no tiene fuerzas para abrir los ojos.
-No puede seguir así, me preocupas- Insiste la mujer.
Claudia trata de moverse un poco, es imposible. La mujer se sienta en la orilla de la cama y comienza a llorar. Claudia, por fin puede abrir los ojos, pero se le cierran casi de inmediato.
-Siento que te pierdo. Yo sola no puedo seguir ¿Quieres que me derrumbe también?
La mujer era muy guapa, se notaba viva, fuerte, intensa. Poco a poco se notaba como perdía su brillo al sentarse en la cama.
-Me siento sola, Claudia. No puedo seguir viendo como me abandonas mientras duermes todo el día. Tienes que buscar ayuda. No está bien esto que está pasando.-
Claudia comienza a respirar agitadamente, trata de articular palabra, pero no emite sonido. Una lágrima rueda por su cara humedeciendo la almohada.
La mujer llora también, se siente derrotada, la invade la tristeza que Claudia lleva encima. Poco a poco se recuesta al lado de Claudia, quien llora con mayor intensidad, aún con los ojos cerrados. Se abrazan unos minutos. Claudia por fin abre los ojos, comienza  a hablar lentamente.
-No te puedes derrumbar tú. Eres aquella mujer que era y deseo volver a ser, esa mujer fuerte y soñadora que lucha por lo que quiere.
-Llevo mucho tiempo esperándote, parezco un fantasma vagando por la casa, todo aquello que un día fuiste y pretendes olvidar durmiendo todo el día.
Claudia toma la mano de aquella mujer, se sienta sobre la cama, voltea a ver toda su vida, abandonada.
-Ven, vamos por un café. Es hora de recuperar mi vida.

lunes, 28 de febrero de 2011

¿Quién soy?

¿Era una sola mujer, varias mujeres o un pedazo de ella?

Me han dado muchos nombres, muchos cuerpos, diferente aroma.
Me han dado muchas vidas atrás y otras más por vivir.
Me persiguen pasos que nunca caminé, palabras que mis labios nunca pronunciaron.
Soy ella, la mujer loca que está encerrada en algún manicomio, que tiene delirio de persecución y hay sombras que la atacan de noche.
Soy una niña de seis años, que solamente le preocupa a qué jugar al terminar de hacer la tarea.
Soy esa mujer tímida que nunca ha mirado a un hombre a los ojos, y se sonroja de solo pensarlo.
Soy una ama de casa, a la que su vida es reducida a cuidar unos hijos y un marido, quien cocina, lava,  plancha, limpia… y hace el amor una vez a la semana.
Soy esa mujer independiente que “No necesita de un hombre para ser feliz”, pero anhela uno secretamente.
Soy una mujer anciana, que espera paciente la llegada de la muerte, platica con sus recuerdos, y convive con vivos y muertos.
Soy una mujer que lleva vida en su vientre, y tiene miedo del momento del parto.
Soy una mujer de pueblo, que lleva la falda larga y a sus hijos a la espalda, que camina detrás de su hombre y lo obedece como se lo enseñó su madre.
Soy una mujer enamorada de otra mujer, que se deleita como la suavidad de su piel y se encuentra dentro de los ojos de ella.
Soy mujer, sí,  la ciencia dice que soy mujer, y a veces le creo. ¡Qué no te engañen los ojos! También tengo un lado masculino, ese que el mundo pasa por alto, porque primero me ven los pechos y anulan mi lado rudo.
Tal vez no he dicho todo lo que soy, cosas que aún estoy descubriendo y otras que estoy dejando de ser. Soy, a veces soy mucho, a veces dejo de ser.
Vivo siempre al día porque muero a cada minuto. Respiro del mismo aire que tú. Somos iguales pero con muchas diferencias. Eres mi espejo, soy tu reflejo.

martes, 15 de febrero de 2011

Desnuda.

Desnuda, caminaba entre la hojarasca, cada paso que daba sonaba como un gran crujido. El lugar estaba desierto, y quería bañarme en el río.
Me acerqué poco a poco para mojarme los pies. El agua se sentía fresca, pero el ambiente era cálido.
Se mojaron mis pies mientras caminaba, metiéndome más y más. La sensación de las piedrecillas en las plantas de los pues al caminar era un poco dolorosa, pero agradable. Era un pequeño masaje.
El agua llegó a mis rodillas, la temperatura de agua era deliciosa. Caminé un poco más para que el agua llegara a mi cintura. Aunque era agradable, también me hizo estremecer.
Decidí sumergirme completamente y nadé un poco. Me sentía libre, era libre.
El sol comenzó a caer, y con ello llegó la tarde. Comenzaba a refrescar un poco, pero esa libertad, bien valía un poco más de frío.
Ni siquiera tenía hambre, sueño  o cansancio. Podía quedarme ahí un rato más, hasta que me di cuenta que me había alejado mucho de donde dejé mis cosas. Traté de nadar, pero me sentía confundida, perdida, desorientada y comenzó a darme miedo.
Al final del día, el problema no era siquiera que estuviera perdida. Estaba sola, y mis cosas no estaban cerca para cuando anocheciera.
Yo siempre fui un alma solitaria, pero me daba miedo la soledad. La contradicción me acompaña siempre, ella es mi única amiga y mi más fiel amante.
Tenía que decidir qué hacer. Podría regresar a buscar mis cosas, con todo lo que ello implicaba, nadando; o buscar por tierra, desnuda, mientras llega la noche. De cualquier manera, estoy perdida.

La historia no tiene fin, aún no decido qué hacer.



sábado, 12 de febrero de 2011

Ir contigo.


Inclúyeme en la lista de personas que quieres olvidar, en las horas del tiempo perdido.
Inclúyeme entre la provocación de unos labios, y los deseos que no me podrás cumplir.
Inclúyeme en el primer sorbo del café del día, en la primera bocanada de humo del cigarro, aquel que saboreas deliciosamente, pero sabes que te mata de a poco.
Inclúyeme en el sabor del vino tinto, en esa última copa de no debiste beber.
Inclúyeme en ese movimiento invisible de las ideas en tu mente.
Inclúyeme en ese gesto que haces cuando el sol te lastima en los ojos, en la humedad de mis ganas, y en el rigor de tu deseo.
Inclúyeme ahí donde las palabras te ganan la voz. Inclúyeme en la oscuridad de tus ojos, en las letras de tu nombre, en la brevedad del espacio que necesita nuestra piel.
Inclúyeme en tus cuentos más breves, en las historias inconclusas. Inclúyeme en el verso, la prosa, y una palabra confusa.
Inclúyeme entre tus dudas, en el volar de tus dedos. Inclúyeme en ese tesoro que solo tú puedes ver.
Inclúyeme en alguna mentira, y en el sabor de la verdad.
Inclúyeme en el regresar de tus pasos, pero no me incluyas en el olvido, ahí no me quiero quedar.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mi cuerpo es perfecto, sí. Es un cuerpo que habla por sí mismo.

Mi cuerpo, tiene un par de pies, que me mantienen andando, me ayudan a ir de aquí para allá, cargan conmigo a todos lados. Con piernas perfectas, que ayudan  a los pies a caminar, son piernas fuertes, con suficiente elasticidad para levantarme o mantenerme de pie, pueden levantarse según lo desee o necesite. A veces, las piernas corren, huyen, otras se acercan a pasos apresurados, pero también saben caminar lento.
Mi cuerpo, tiene una perfecta pelvis, que trabaja en conjunto con las piernas y pies, ya sea para correr o para estar. Tiene un idóneo sistema de drenaje, tiene un valle y un monte oscuro, dos montañas extensas que me ayudan a sentarme.
Tiene una hermosa grieta, caverna acuosa y rosada, que sirve para dar placer y también para ser provocada. Tiene posibilidad de hacer llegar nuevos cuerpos perfectos. Lleva dentro una incubadora y una máquina de placer.
Mi cuerpo tiene una máquina de triturar alimentos, y avisa cuando necesita combustible. Tiene un pequeño pozo en el centro, que me recuerda de donde vengo. Tiene dos montes pequeños y claros, que oculto bajo seda o encaje; da antojos, y permite alimentar a un bebé hambriento, (debiendo prepararse con 9 meses de anticipación).
Mi cuerpo tiene un sistema de aire acondicionado, produce líquido en los momentos más cálidos y tiembla cuando hace frío.
Mi cuerpo tiene un par de hombros perfectos, y una espalda que se mantiene erguida, o en ocasiones se recuesta a descansar. Puede cargar cosas pesadas como problemas, miedos, penas y amigos.
Mi cuerpo tiene un par de brazos que arrullan, abrazan, golpean y llevan consigo un par de manos, ellas me ayudan a tantas cosas: tocan, pellizcan, acarician, escriben, cortan, sienten, crean y destruyen. Cuenta con una cabeza con una masa gris que a veces no sirve mucho, un par de oídos para escuchar tanto música como palabras así como los silencios.
Todo mi cuerpo, se conecta a una perfecta columna, ella siempre tiene mucho trabajo, y ayuda a que la máquina de ideas y locuras envíe señales perfectas hacia todo el cuerpo perfecto.
Mi cuerpo tiene una boca perfecta, labios perfectos y dientes perfectos. Lo mismo muerden, mastican, saborean, besan, lamen y muerden más despacio.
En conjunto con la lengua, son una máquina de palabras, palabras que a veces son bellas, otras pueden lastimar, pero también puede dar palabras de aliento, deseo, pena, vergüenza e incluso regañar.
Mi cuerpo cuenta con un detector de humo, humores, olores y recuerdos olfativos. Cuenta con un par de ojos enlamados que pueden emitir líquido salado cuando están tristes. Pueden hablar sin palabras.
Mi cuerpo tiene heridas de guerra, y tendrá arrugas pero seguirá siendo perfecto porque cambia y crece conmigo. Es tan perfecto que se enferma, y le da fiebre para demostrar que no durará para siempre, se extingue, no es eterno, es perfecto.
Mi cuerpo llora, ríe, canta, baila, va, viene, sube, baja… mi cuerpo es perfecto como cada cuerpo de éste planeta, pero es único, no tiene refacciones y por ello, requiere muchos cuidados.
Mi cuerpo es perfecto aunque no mida más de 1.60, o las medidas de mis pechos, cintura y cadera, no sean igual a 90-60-90.
Mi cuerpo se mide en besos, abrazos, risas y llanto. Mi cuerpo es perfecto y el tuyo también lo es.

jueves, 3 de febrero de 2011

Ni siquiera tenía un nombre, no tenía edad, ni tiempo. Vivía sola en una isla, sola, acompañada de sí misma. Mantenía rutinas muy sencillas, que le habían permitido vivir sobrevivir. Despertaba cuando los rayos del sol daban en su cara, se levantaba lentamente de entre las hojas que cada noche ponía a manera de cama. Salía en busca de fruta, flores, texturas con qué acompañar su mañana.
Tenía ojos hermosos de un color indescriptible, con los que miraba impaciente cualquier cambio a su alrededor, imaginaba que había más como ella, pero simplemente no conocían su Isla.
Caminaba largos trayectos para ir por agua, y allá, se lavaba el cuerpo muy despacio, tiempo era lo que más le sobraba cada día.
Pasaba sus mañanas recorriendo, mirando, tocando, oliendo… Todo lo que deseaba, era saber, conocer, creer.
Comía cuando le daba hambre, bebía cuando tenía sed. No tenía horarios, ni reglas qué seguir, más que lo que su cuerpo decía. Por la tarde, cuando ya había inspeccionado cada rincón, se recostaba en la hierba, miraba el cielo, y bajaba nubes para cuando le diera sueño.
Las noches, eran su mejor momento del día. Tan ruidoso. Tan oscuro. Era el momento de cerrar los ojos y ver con los oídos, para después, el sueño la llevara a conocer otros lugares.
Una tarde, mientras miraba el cielo, comenzó a percibir un ruido extraño. Llegaba algo entre el mar, algo que parecía acercarse hacía ella.
Al fin, algo nuevo pasaba en su isla. Corrió hacia el mar, se metió en sus aguas y se acercó lo más que pudo a esa cosa, que parecía flotar entre las olas. Lo tocó rápidamente con sus dedos, era duro como un árbol.
Miró que encima de esa cosa, había algunas personas. Se parecían a ella, o al menos, al reflejo que el agua de manantial le regalaba cuando iba a bañarse cada mañana. Emitían sonidos extraños, que ella intentó imitar, pero no pudo.
Nadó junto a la nave hasta que ambos llegaron a la orilla de la playa. Observaba muy de cerca lo que pasaba, siempre había sido curiosa. Ellos, bajaban de la nave, caminaban e inspeccionaban rápidamente. Ella se acercó, estaba frente a uno de ellos, pero parecía no mirarla. Hizo cantidad de señas, pero no podían verla.
Las personas entraron a esa isla, se adueñaron de ella. Construyeron, destruyeron. Mientras, ella veía como se caía a pedazos su cuerpo, como si al destruir la isla, estuvieran destruyéndola a ella también. Cuando quedaba poca agua y estaba casi acabada, pudieron verla, casi muerta. Naturaleza le llamaron. Algunos siguieron ignorándola, otros quisieron salvarla. Ella sigue agonizando, esperando a que llegue el fin. Esperando que alguien quiera verla y salvarla realmente.

domingo, 30 de enero de 2011

El peor día.

Volteas a ver tus pies por quinta ocasión, a cada paso que das, sientes cómo te invade un frío intenso, que sube por tu cuerpo cada momento que respiras.
Tus pies se ven igual que siempre, excepto que se sienten diferentes. El frío, comienza a invadir tu pelvis y el estómago. Decides apresurar el paso. Si vas a morir, prefieres mil veces que sea en tu casa y no en la calle.
Tu pecho comienza a arder, pero es del frío que se intensifica cada vez más. Comienzas a sentir como la espalda se pega al pecho. Caminas más rápido. Corres. Sudas.
Te ahoga el frío de la garganta, y a la vez, te abruma la sensación de mucha saliva en la boca.
Aún falta un poco para llegar a casa, te da miedo todo lo que sientes. Sigues corriendo y ahora sientes un intenso dolor de cabeza, como si hubieras bebido rápidamente una bebida helada.
Comienzas a sentir como las gotas de sudor humedecen tu frente, el sudor recorre la nuca, se mojan también las palmas de tus manos, y cada vez que das un paso, tus zapatos hacen un sonido extraño, como cuando están muy mojados, -Parece que me derrito- piensas.
Te detienes a respirar, pero no te hace sentir mejor. Aún falta un poco para llegar a tu casa. Comienzas a observar cómo dejas huellas en el suelo de tus zapatos mojados. –No me he mojado-, dices entre dientes. Incluso, tratas de observar detenidamente si pasaste por alguna fuente, ¿te habrás orinado sin notarlo? Ya no eres tan joven, pero no tan viejo como para no sentir algo tan incómodo y penoso.
Tu ropa comienza a sentirse muy pesada de tanta humedad. Se te nubla la vista, sientes que no puedes caminar más. A cada paso que das, te sientes más pequeño, mas mojado, menos tú.
Levantas la mano izquierda hacia tu cabeza, para secar el sudor de tu frente, sientes el cráneo liso, ya no tienes cabello, -¿Qué pasa?- lloras. Sigues caminando, tratas de apresurar el paso, pero no lo logras. Te sientes lento y muy pesado.
Te detienes frente a tu casa, has desaparecido casi por completo, formaste un gran charco de agua, ya no sientes nada, solo ves pasar los pies apresurados de la gente, que intenta no pisarte.

Esta mañana, desperté como siempre tarde. Salí corriendo de mi casa, y justo afuera de la puerta que da a la calle, había un enorme charco de agua. Me mojé los zapatos y gran parte del vestido. Ya era tarde y no podía regresar a cambiarme. Éste es el peor día de mi vida.

miércoles, 26 de enero de 2011

Mientras espero que llegue la inspiración.

La sigo esperando, sigo con los labios rojos, las uñas pintadas. No quiero moverme del lugar donde acordamos, no quiero perderme su llegada. La sigo esperando con la cama caliente, las ganas encendidas y las manos limpias para tocar todos sus pliegues.
La sigo esperando, yo se que llega, en cualquier momento entrará por esa puerta, besará mis labios para pintarse los de ella. La sigo esperando, casi escucho sus pasos suaves y precisos, casi la siento respirar agitada, luego calmada. La sigo esperando, espero que llegue y de un arrebato me quite la ropa, me haga tan suya como siempre pasa.
La sigo esperando, con la boca seca y los labios húmedos de tanta espera. Enciendo las velas que acompañen nuestro encuentro, si se acaban, enciendo otras más. La sigo esperando, con el café caliente, las ganas resueltas a que se quede siempre. La sigo esperando y ella espera venir.